La Écfrasis- Obras de arte para leer

¿Puede el arte leerse o escribirse?, esa  idea proviene del griego; ya Hermógenes de Tarso (ac. 160 – ac. 225) orador y preceptista retórico griego en su Ecphrasis Progymnasmata decía:” «descripción extendida, detallada, vívida, que permitía presentar el objeto ante los ojos». La écfrasis es un ejercicio literario que puede también adoptar forma  coloquial, de relato,  forma expositiva,  ser una sucesión de hechos, etc. Amadeo Modigliani  decía que los únicos que podían describir bien un cuadro eran los poetas.

“Composición VIII”, Wassily Kandinsky

Kandinsky describió en su obra ‘De lo espiritual en el Arte’ (1992),  “la pintura como el choque rugiente de mundos diferentes destinados a crear en su combate y por su combate el mundo nuevo que llamamos obra. Desde el punto de vista técnico, cada obra nace exactamente como nació el cosmos, a causa de catástrofes que partiendo de los caóticos rugidos de los instrumentos, terminan por crear una sinfonía que es lo que se llama música de las esferas. La creación de una obra es la creación del mundo”.

Heidegger  nos lleva por el camino de los sentidos, un mundo en que se puede representar algo o nada, pero que saca la esencia, la verdad: “La obra de arte abre a su modo, el ser del ente. Esta apertura, es decir, el desentrañar la verdad del ente, acontece en la obra. En la obra de arte se ha puesto en operación la verdad del ente. El arte es el ponerse en operación a la verdad”.

Unos ejemplos

Botines con lazos, de Vincent Van Gogh, aunque hay que decir que no fue este el único par que pinto el artista, porque Heidegger habla de que uno de los pares que pintó Van Gogh pertenecieron a una campesina vecina del pintor.

 

Botines con lazos, de Vincent Van Gogh

Olga Orozco

¿Son dos extraños fósiles,
emisarios sombríos de una fauna sepultada en un bosque de carbón,
que vienen a reclamar un óbolo de luz para sus muertos?
¿Son ídolos de piedra,
cascotes desprendidos del obraje de los más tristes sueños?
¿O son moldes de hierro
para fraguar los pasos a imagen del martirio y a semejanza de la penitencia?

Son tus viejos botines, infortunado Vincent,
hechos a la medida de un abismo interior, como las ortopedias del exilio;
dos lonjas de tormento curtidas por el betún de la pobreza,
embalsamadas por lloviznas agrias,
con unos lazos sueltos que solamente trenzan el desamparo con la soledad,
pero con duros contrafuertes para que sea exiguo el juego del destino
para que te acorrale contra el muro la ronda de los cuervos.

Pero son tus botines, perfectos en su género de asilo,
modelos para atar a cada ráfaga de alucinada travesía,
fieles como tu silla, tus ojos y tu Biblia.
aferrados a ti como zarpas fatales desde las plantas hasta los tobillos,
desde Groot Zundert hasta la posada del infierno final,
es inútil que quieran sepultar tus raíces en una casa hundida en el rescoldo,
en el barro bruñido, el brillo de las velas y el íntimo calor de las patatas,
porque una y otra vez tropiezan con el filo de la mutilación,
porque una y otra vez los aspira hacia arriba la tromba que no entienden:
tu fuga de evadido como un vértigo azul, como un cráter de fuego.

Botines de trinchera, inermes en la batalla del vendaval y el alma:
han girado contigo en todas las vorágines del cielo
y han caído en la trampa de tu hoguera oculta bajo el incendio de los campos, sin encontrar jamás una salida,
por más que pisoteen esas flores fanáticas que zumban como abejorros amarillos,
esos soles furiosos que atruenan contra tu oreja, tan distante,
perdida como un pálido rehén entre los torbellinos de otro mundo.

Botines de tribunal, a tientas en la noche del patíbulo,
sin otro resplandor que unos pobres destellos arrancados al pedernal de la locura,
entre los que hay un pájaro abatido en medio de su vuelo:
el extraño, remoto anuncio blanco de una negra sentencia.
Resuenan dando tumbos de ataúd al subir la escalera,
vacilan junto al lecho donde se precipitan vidrios de increíbles  visiones,
trizado por una bala el árido universo,
y dejan caer a lentas sacudidas el balance de polvo tormentoso adherido a sus suelas.

Ahora husmean la manta de hiedra que recubre tu sueño junto a Theo,
allá, en el irreversible Auvers-sur-Oise,
y escarban otra tumba entre los andamiajes de la inmensa tiniebla.
Son botines de adiós, de siempre y nunca, de hambriento funeral:
se buscan en la memoria de tu muerte.

En el libro Las úlceras de Adán (1995) la última parte, titulada “Los artesanos de la luz”, incluye poemas donde el escritor sucreño Héctor Rojas Herazo establece varias écfrasis con pinturas de Rufino Tamayo, Diego Velázquez, Piero della Francesca, Paolo Uccello y Vincent Van Gogh. El poema-homenaje al pintor neerlandés se titula “Una lección de inocencia”:

 

“Los artesanos de la luz”

Van Gogh pintó una vez

el retrato del mundo

Allí estaba todo:

las flores que se abren

y las puertas que se cierran,

los días del llanto

y los días de oro,

los senderos y los sueños,

los ramajes y las palomas.

También un niño

mirando dos amantes

y también la hora del nacimiento

y la muerte de cada hombre.

Para lograr ese retrato, Van Gogh

no tuvo sino que pintar una silla (1995, p.70).

Debemos acotar que el poeta Nelson Romero Guzmán -profesor de la Universidad del Tolima- fue anunciado como ganador del Premio Casa de las Américas en su edición 56, cuyo fallo unánime se dio en La Habana, Cuba, el 29 de enero de 2015.

Su poemario ‘Bajo el brillo de la Luna’ se impuso sobre otros 231 participantes. La obra publicada por  Casa de las Américas, fragua su proyecto estético a partir de la obra del noruego Edvard Munch, cuyos cuadros y delirios artísticos son evidenciados  por el poeta tolimense.

Una de sus écfrasis  realizada por Nelson Romero Guzmán es:

“Señales de un autorretrato”

Autorretrato

Que algo suceda en la parte oculta de la tela:

un crimen por ejemplo, y en la escena

unos ojos al revés y una oreja vendada.

Todo ocurrido como en un día sin fecha.

Sólo así nos regalas la confianza

de que la culpa no es del cuchillo que mutila,

sino de la mano que trazó, de un crimen, la gloria.

Uno final de José Watanabe, poeta peruano nacido en Trujillo, el 17 de marzo de 1945  y fallecido en Lima, el 25 de abril de 2007.

El grito de Edvard Munch

El Grito  de Edvard Munch

José Watanabe

Bajo el puente de Chosica el río se embalsa
y es de sangre,
pero la sangre no me es creída.
Los poetas hablan en lengua figurada, dicen.
Y yo porfío: No es el reflejo del cielo crepuscular, bermejo,
en el agua que hace de espejo.

Oyen el grito de la mujer
que contempla el río desde la baranda
pensando en las alegorías de Heráclito y Manrique
y que de pronto vio la sangre al natural fluyendo?
Ella es mujer verdadera. Por su flacura
no la sospechen metafísica.
Su flacura se debe a la fisiología de su grito:
Recoge sus carnes en su boca
y en el grito
las consume.
El viento del atardecer quiere arrancarle la cabeza,
miren cómo la defiende, cómo la sujeta
con sus manos
a sus hombros: Un gesto
finalmente optimista en su desesperación.
Viene gritando, gritando, desbordada gritando.
Ella no está restringida a la lengua figurada:
Hay matarifes
y no cielos bermejos, grita.
Yo escribo y mi estilo es mi represión. En el horror
sólo me permito este poema silencioso.

 

Carlos Camilo Torres

Poeta, ensayista. Ingeniero industrial de profesión. Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Bogotá.

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